Relatos Que Van Y Vienen
El anzuelo del Tiempo

El tiempo confunde, aturde, es redundante y equivocado. Mientras espero en la sala, lugar frio, incómodo, donde el esfuerzo inútil por hacer ese espacio agradable es evidente, observo cauteloso las manecillas del reloj gigante colgado en la pared color clinica. Lo demás no tiene importancia. No. No la tiene.
No tiene importancia la señora que lee la revista a tiempo pasado o el señor que intenta por todos los cuerpos de mantenerse quieto, quieto y ensimismado.
No importa! Lo que importa es esa aguja que atrapa los segundos del futuro con una extraordinaria precisión de pasado inmediato.
No puede ser; esa no es la hora y nunca lo fue. Me estiro en la silla de metal, levanto los brazos, gesto mal interpretado por los ausentes.
Así no quiero detener el tiempo, tan sólo sacudo lo inútil de cualquier espera. 
Al estirarme me tropiezo con el reloj de uno de los ausentes. Me sorprende lo que muestra. A esa hora ya estamos tarde. La comparo con el reloj gigante y es verdad, el tiempo es otro y seguimos aquí, a cuerpo presente.
Como por no dejar pregunto — por favor me dice la hora?—Levanta la cabeza, ve con detenimiento la hora del gigante y me la canta en tiempo pasado.
—No. Esa no! Quiero que me de la hora de su reloj.
— Cómo para qué? Acaso no es lo mismo? 
Esa respuesta me produjo un fuerte dolor de cabeza. 
Como explicarle al absorto que con la hora de su reloj tengo más esperanzas de salir más rápido que con la que muestra el gigante? 
Me mira, impávido, distraído e indiferente, aún así espera una respuesta. 
Serio, no quiero llamar la atención, giro mi cabeza hacia la derecha, bajo la mirada y allí está el anzuelo, me agarra de inmediato. 
— Sería usted tan amable de decirme la hora? — Con ese vestido de flores abundantes y grotescas esperaba otra reacción y una mejor noticia. Levantó la cabeza, se puede decir que estiró su cuello y dejo la grasa de su cuerpo caer sobre el otro puesto. Allí está de nuevo su reloj de muñeca rodeado de sobrante piel y flores de colorido disonante. Arrugó los ojos hasta dejarlos casi cerrados, se tardó un segundo mientras enfocaba, miró la pared, ubicó las agujas y la dijo de nuevo.
El gigante me dejo ensartado en el pasado. 
Encogí los hombros, agache la mirada y me encerré en la sala bajo el estricto tic tac de un tiempo en su lugar.
Será que la tercera es la vencida? 
Respiré profundo para vencer la espera y ganar tiempo. 
En la sala somos muchos, el tiempo es el mismo y el gigante lo engancha con una precisión desmedida.
Me puse de pie, desperté a uno a otro, algunos levantaron la mirada, otros no. 
Tic Tac, el gigante observa, también gana tiempo.
Coloco las manos en las orejas para ignorar su ritmo: TIC TAC! Y nadie despierta. La sala continúa muda e inerte. 
Doy tres pasos, pido permiso mientras busco un anzuelo del tiempo que me haga ganar la batalla en cualquier minuto.
Los segundos están echados. Asomo la espera por la ventana cerrada, el tiempo no avanza, afuera los árboles bailan al ritmo del viento. Los ausentes siguen ausentes y el reloj resuena en la sala; es el único que hace acto de presencia.
De regreso a mi puesto y casi vencido descubro al niño que juega con su pantalla, no siente el tiempo, pero sí el anzuelo. Está a la vista, titila mientras juega. Esa sí es la hora. Con actitud de triunfo dudoso me agacho a su lado, veo sin interés lo que juega. El triunfo es obvio. Según este reloj yo debo estar en otro lado. 
El odio a la espera se hace evidente. Sudo, mis manos se estremecen, tiemblo; el niño me ve, abre los ojos, se aterroriza y grita. Grita. Grita. En la sala se detiene el tiempo, me observan, cada mirada llama mi atención. No se escuchan los pasos del gigante. Las agujas continúan su ritmo, pero el tiempo se detuvo.
El anzuelo gigante se ha quedado sin carnada.
Me escapé mientras espero.

Enrique Coll

El anzuelo del Tiempo

El tiempo confunde, aturde, es redundante y equivocado. Mientras espero en la sala, lugar frio, incómodo, donde el esfuerzo inútil por hacer ese espacio agradable es evidente, observo cauteloso las manecillas del reloj gigante colgado en la pared color clinica. Lo demás no tiene importancia. No. No la tiene.
No tiene importancia la señora que lee la revista a tiempo pasado o el señor que intenta por todos los cuerpos de mantenerse quieto, quieto y ensimismado.
No importa! Lo que importa es esa aguja que atrapa los segundos del futuro con una extraordinaria precisión de pasado inmediato.
No puede ser; esa no es la hora y nunca lo fue. Me estiro en la silla de metal, levanto los brazos, gesto mal interpretado por los ausentes.
Así no quiero detener el tiempo, tan sólo sacudo lo inútil de cualquier espera.
Al estirarme me tropiezo con el reloj de uno de los ausentes. Me sorprende lo que muestra. A esa hora ya estamos tarde. La comparo con el reloj gigante y es verdad, el tiempo es otro y seguimos aquí, a cuerpo presente.
Como por no dejar pregunto — por favor me dice la hora?—Levanta la cabeza, ve con detenimiento la hora del gigante y me la canta en tiempo pasado.
—No. Esa no! Quiero que me de la hora de su reloj.
— Cómo para qué? Acaso no es lo mismo?
Esa respuesta me produjo un fuerte dolor de cabeza.
Como explicarle al absorto que con la hora de su reloj tengo más esperanzas de salir más rápido que con la que muestra el gigante?
Me mira, impávido, distraído e indiferente, aún así espera una respuesta.
Serio, no quiero llamar la atención, giro mi cabeza hacia la derecha, bajo la mirada y allí está el anzuelo, me agarra de inmediato.
— Sería usted tan amable de decirme la hora? — Con ese vestido de flores abundantes y grotescas esperaba otra reacción y una mejor noticia. Levantó la cabeza, se puede decir que estiró su cuello y dejo la grasa de su cuerpo caer sobre el otro puesto. Allí está de nuevo su reloj de muñeca rodeado de sobrante piel y flores de colorido disonante. Arrugó los ojos hasta dejarlos casi cerrados, se tardó un segundo mientras enfocaba, miró la pared, ubicó las agujas y la dijo de nuevo.
El gigante me dejo ensartado en el pasado.
Encogí los hombros, agache la mirada y me encerré en la sala bajo el estricto tic tac de un tiempo en su lugar.
Será que la tercera es la vencida?
Respiré profundo para vencer la espera y ganar tiempo.
En la sala somos muchos, el tiempo es el mismo y el gigante lo engancha con una precisión desmedida.
Me puse de pie, desperté a uno a otro, algunos levantaron la mirada, otros no.
Tic Tac, el gigante observa, también gana tiempo.
Coloco las manos en las orejas para ignorar su ritmo: TIC TAC! Y nadie despierta. La sala continúa muda e inerte.
Doy tres pasos, pido permiso mientras busco un anzuelo del tiempo que me haga ganar la batalla en cualquier minuto.
Los segundos están echados. Asomo la espera por la ventana cerrada, el tiempo no avanza, afuera los árboles bailan al ritmo del viento. Los ausentes siguen ausentes y el reloj resuena en la sala; es el único que hace acto de presencia.
De regreso a mi puesto y casi vencido descubro al niño que juega con su pantalla, no siente el tiempo, pero sí el anzuelo. Está a la vista, titila mientras juega. Esa sí es la hora. Con actitud de triunfo dudoso me agacho a su lado, veo sin interés lo que juega. El triunfo es obvio. Según este reloj yo debo estar en otro lado.
El odio a la espera se hace evidente. Sudo, mis manos se estremecen, tiemblo; el niño me ve, abre los ojos, se aterroriza y grita. Grita. Grita. En la sala se detiene el tiempo, me observan, cada mirada llama mi atención. No se escuchan los pasos del gigante. Las agujas continúan su ritmo, pero el tiempo se detuvo.
El anzuelo gigante se ha quedado sin carnada.
Me escapé mientras espero.

Enrique Coll

Oscar use a STEEPY.

Oscar use a STEEPY.

La frase de las 18:00 aunque sean 21:28  3era parte.

La frase de las 18:00 aunque sean 21:28 3era parte.

La frase de las 18:00 aunque sean las 20:33
2da parte.

La frase de las 18:00 aunque sean las 20:33
2da parte.

STEEPY  Stand. For laptops - Tablets & Phones.

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Al otro lado también.  (en Los Palos Grandes)

Al otro lado también. (en Los Palos Grandes)

La frase de las 18:00 aunque sean las 18:49

La frase de las 18:00 aunque sean las 18:49

Me enamoré del amor de mi vida; otra vez

Nunca es tarde para conversar de uno que otro sentimiento que se asoma un domingo de lluvia, mientras el té verde se enfría en la mesa llena de recuerdos y libros que esperan ser leídos, subrayados o ignorados. Tampoco hay que ser deshonesto con uno mismo. De espacio seco a espacio mojado se acercó a la ventana, aspiró el cigarrillo, corrió la ventana un poco y soltó el humo por la ranura.
— Me enamoré del amor de mi vida; otra vez.
—Tienes alguna posibilidad de confirmar ese sentimiento? Quieres con la mano derecha sentir los latidos de tu corazón, cerrar los ojos y revolver la memoria para confirmar semejante sentimiento.
No seas ridículo.
— Espera, espera que sea más tarde. Que el atardecer se apague. Que ella llegue de misa, que se desvista y se esconda en su bata de casa. Espera que sirva la cena. Espera que nos sentemos a la mesa, frente a frente, para darle la mirada, para que ella también descubra que este amor se repite como la vida misma. Que no es rutina, es solo eso, amor. Amor que se establece y concuerda con todo lo que la rodea, menos con ella misma.
— No quiero ser testigo de ese nuevo encuentro.
— Tranquilo, comeremos liviano. Es domingo. Botó la colilla por la ranura, se acomodó la camisa y salió arrastrando los pies decidido.
No puedo salir de este lugar. No puedo perseguirlo para decirle que amar de nuevo al amor de mi vida puede ser un reloj de tiempo que se encarga de girar al revés.
Se aleja, le grito, pero mi voz rebota como el atardecer que se acerca a la montaña.
El chirrido de las bisagras anuncian su llegada. El está sentado donde siempre un domingo cualquiera.
Se acerca, lo besa en la frente, otro esfuerzo, otro beso sería una rutina que no está planteada entre nosotros. Por lo menos cuando llega de misa de las cinco y treinta. Antes de que se aleje estira el brazo y le toca levemente la cintura. Quiero que sepas que te estaba esperando. Que mientras rezabas él te extrañaba. Quiero que sientas que yo también rezo por tí.
— Me cambio y preparo la cena— mientras lentamente se aleja —Sabes quién estaba en misa? Te acuerdas de Eduardo Robertson? Creo que estudió contigo.
Dejaba las interrogantes en el pasillo mientras se aleja a la habitación y desabrocha la blusa blanca que le queda bien. Se levanta de donde está porque quiere verla. Quiere que ella sepa que estoy aquí.
La caída del Sol está en mi contra, recorro cada centímetro que ella camina.
— Enciende la luz por favor, ya no es como el verano. Viste que dejé el paraguas en la entrada? Cuando se seque lo puedes meter por favor, no quiero que Sofía se “confunda” de nuevo y se lo lleve de nuevo, mira que me costó una semana recuperarlo.
No quiero encender la luz, te quiero en la penumbra, te quiero mojada o en bata, te quiero para mi. Quiero lo que le dije a él; demostrarte que me enamore de nuevo del amor de mi vida.
— No vas a prender la luz?
La esperada excitación no se hizo esperar; la blusa blanca sobre la cama, ella de frente me mostró sus preciosos senos protegidos por ese sostén azul desconocido. Es toda ella, verdad?
Esa falda negra, ya recostado del marco de la puerta de nuestra habitación, me conquista con esa leve sonrisa mientras deja su falda caer.
— Tienes hambre? Quiero preparar algo liviano. Tal vez una de esas ensaladas de Lili. Te provoca?
Sus delineadas piernas, la panty que cubre moderada su pubis. La bata sobre la cama.
— Como quieras.— Se acerca a la cama para tomar la bata. —Las ensaladas de Lili están bien para un día como hoy.
Por qué esperar? Por qué?
— Qué tienes? Da media vuelta para que le coloque la bata por la espalda.
Esa cintura que tantas veces he sentido girar sobre mi cuerpo. Este domingo que no es domingo de verano y tampoco de invierno. Estira los brazos hacia atrás, la bata está en el suelo.
Acaricio sus brazos, su cabeza se recuesta sobre su hombro. Tacto a tacto descubro su tacto. Desnudo sus senos mientras encoge los hombros. Da media vuelta.
— La ensalada puede esperar. Me besa como aquella primera vez, coloca sus brazos sobre mis hombros, sus labios muerden hasta arremeter la sangre, lentamente con la luz apagada deslizamos el deseo sobre mi cama.
Mientras tanto observo desde el espejo como me enamoro del amor de mi vida; otra vez.
El Reloj gira al revés.

Me enamoré del amor de mi vida; otra vez

Nunca es tarde para conversar de uno que otro sentimiento que se asoma un domingo de lluvia, mientras el té verde se enfría en la mesa llena de recuerdos y libros que esperan ser leídos, subrayados o ignorados. Tampoco hay que ser deshonesto con uno mismo. De espacio seco a espacio mojado se acercó a la ventana, aspiró el cigarrillo, corrió la ventana un poco y soltó el humo por la ranura.
— Me enamoré del amor de mi vida; otra vez.
—Tienes alguna posibilidad de confirmar ese sentimiento? Quieres con la mano derecha sentir los latidos de tu corazón, cerrar los ojos y revolver la memoria para confirmar semejante sentimiento.
No seas ridículo.
— Espera, espera que sea más tarde. Que el atardecer se apague. Que ella llegue de misa, que se desvista y se esconda en su bata de casa. Espera que sirva la cena. Espera que nos sentemos a la mesa, frente a frente, para darle la mirada, para que ella también descubra que este amor se repite como la vida misma. Que no es rutina, es solo eso, amor. Amor que se establece y concuerda con todo lo que la rodea, menos con ella misma.
— No quiero ser testigo de ese nuevo encuentro.
— Tranquilo, comeremos liviano. Es domingo. Botó la colilla por la ranura, se acomodó la camisa y salió arrastrando los pies decidido.
No puedo salir de este lugar. No puedo perseguirlo para decirle que amar de nuevo al amor de mi vida puede ser un reloj de tiempo que se encarga de girar al revés.
Se aleja, le grito, pero mi voz rebota como el atardecer que se acerca a la montaña.
El chirrido de las bisagras anuncian su llegada. El está sentado donde siempre un domingo cualquiera.
Se acerca, lo besa en la frente, otro esfuerzo, otro beso sería una rutina que no está planteada entre nosotros. Por lo menos cuando llega de misa de las cinco y treinta. Antes de que se aleje estira el brazo y le toca levemente la cintura. Quiero que sepas que te estaba esperando. Que mientras rezabas él te extrañaba. Quiero que sientas que yo también rezo por tí.
— Me cambio y preparo la cena— mientras lentamente se aleja —Sabes quién estaba en misa? Te acuerdas de Eduardo Robertson? Creo que estudió contigo.
Dejaba las interrogantes en el pasillo mientras se aleja a la habitación y desabrocha la blusa blanca que le queda bien. Se levanta de donde está porque quiere verla. Quiere que ella sepa que estoy aquí.
La caída del Sol está en mi contra, recorro cada centímetro que ella camina.
— Enciende la luz por favor, ya no es como el verano. Viste que dejé el paraguas en la entrada? Cuando se seque lo puedes meter por favor, no quiero que Sofía se “confunda” de nuevo y se lo lleve de nuevo, mira que me costó una semana recuperarlo.
No quiero encender la luz, te quiero en la penumbra, te quiero mojada o en bata, te quiero para mi. Quiero lo que le dije a él; demostrarte que me enamore de nuevo del amor de mi vida.
— No vas a prender la luz?
La esperada excitación no se hizo esperar; la blusa blanca sobre la cama, ella de frente me mostró sus preciosos senos protegidos por ese sostén azul desconocido. Es toda ella, verdad?
Esa falda negra, ya recostado del marco de la puerta de nuestra habitación, me conquista con esa leve sonrisa mientras deja su falda caer.
— Tienes hambre? Quiero preparar algo liviano. Tal vez una de esas ensaladas de Lili. Te provoca?
Sus delineadas piernas, la panty que cubre moderada su pubis. La bata sobre la cama.
— Como quieras.— Se acerca a la cama para tomar la bata. —Las ensaladas de Lili están bien para un día como hoy.
Por qué esperar? Por qué?
— Qué tienes? Da media vuelta para que le coloque la bata por la espalda.
Esa cintura que tantas veces he sentido girar sobre mi cuerpo. Este domingo que no es domingo de verano y tampoco de invierno. Estira los brazos hacia atrás, la bata está en el suelo.
Acaricio sus brazos, su cabeza se recuesta sobre su hombro. Tacto a tacto descubro su tacto. Desnudo sus senos mientras encoge los hombros. Da media vuelta.
— La ensalada puede esperar. Me besa como aquella primera vez, coloca sus brazos sobre mis hombros, sus labios muerden hasta arremeter la sangre, lentamente con la luz apagada deslizamos el deseo sobre mi cama.
Mientras tanto observo desde el espejo como me enamoro del amor de mi vida; otra vez.
El Reloj gira al revés.

La frase de las 18:00 aunque sean las 20:47

La frase de las 18:00 aunque sean las 20:47

Deja el fastidio. Es domingo…shhhh.

Deja el fastidio. Es domingo…shhhh.